De Morelia a Ciudad Juárez. Crónica de un viaje a la frontera


Atardecer en Ciudad Juárez

Atardecer en Ciudad Juárez

El viaje comienza durante el primer minuto del domingo 17 de agosto. Viajamos en camión. Es decir, mi hermana, mi padre y yo. Destino, Distrito Federal, primero, Ciudad Juárez, después. El motivo, aplicar para una residencia en Estados Unidos. La razón, según todos, es que nunca está de más tener la ciudadanía estadunidense. O “uno nunca sabe cuándo querrá hacer una maestría en Standford”, diría mi madre.

Lo primero que sucede  es el llanto de un bebé. Aún no dejamos la Terminal de Autobuses de Morelia cuando el niño comienza a llorar. La cosa sigue así hasta la una de la mañana, y entonces todo es silencio. Sin embargo, no puedo dormir. En parte por las películas, en parte por el calor –no prendieron el aire acondicionado– y en parte porque cuando me da sueño, llegamos a la Ciudad de México.

A las cuatro de la mañana trasladarse de la central al aeropuerto no es complicado; las calles están vacías y los demás conductores están demasiado dormidos o cansados como para preocuparse por pelear. Para cuando llegamos al aeropuerto, las ganas de fumar han regresado. Seis horas sin nicotina. Pero por respeto a mi padre, no fumo. No obstante, sí tomo café. El primer café del día sale de un Seven Eleven y es más un vaso de agua caliente que café.

Cinco de la mañana. Esperamos. A mi alrededor todos duermen. A nadie le importa cómo se ve en el aeropuerto. Menos de madrugada. Jóvenes con gruesas chamarras, ancianos en rebozo, un par de gringos que conversan en voz alta y los encargados de la limpieza, que nos observan a todos más bien indiferentes.

En la sala de espera, el segundo café, apenas distinto del primero, pero suficiente para aguantar hasta las siete de la mañana, momento en que despega el avión rumbo a Ciudad Juárez. Lo primero que se ve al llegar a la ciudad son las montañas. Lo segundo, las calles por las que no camina casi nadie. Mientras uno transita por la periferia, las personas comienzan a aparecer. Y entonces, de pronto, aparece el Consulado de Estados Unidos, rodeado por completo por una barda de concreto y guardias armados. Más de cien personas esperan afuera. Otras tantas al interior de una sala de espera, el doble en la clínica médica internacional, uno de los pocos lugares autorizado a emitir certificados médicos con validez en el vecino país del norte. Al día siguiente, yo mismo estaré ahí desde las seis de la mañana, esperando, esperando, esperando.

El primer día en la ciudad lo ocupamos en instalarnos. El cuarto de hotel se convierte en nuestro único punto familiar. Caminamos hacia un pequeño supermercado, donde comemos y compramos algunas cosas para cenar. Luego, de regreso a la habitación, un poco de plática, un poco de televisión y a dormir. Son las diez de la noche cuando los tres caemos rendidos.

El despertador de mi hermana comienza a sonar a las cinco de la mañana. Durante un breve instante, nadie sabe qué sucede. Luego, nos organizamos para utilizar el baño con eficiencia. A las cinco cuarenta y cinco ya estamos en lobby del hotel, esperando un taxi. A las seis, afuera de la Clínica Médica Internacional. En ayunas, anticipándonos a los exámenes de sangre. Sólo mi hermana y yo tenemos que someternos a ellos. Y a las vacunas, y a una exhaustiva revisión física, y a un cuestionario terriblemente invasivo. ¿Consume usted drogas? ¿Cuántos cigarrillos fuma al día? ¿Con qué regularidad sostiene usted relaciones sexuales? Póngase contra la pared, por favor, aguante la respiración mientras tomamos esta placa de rayos X, pase con el psicólogo, me dice una doctora. Y pase también a que le apliquen una prueba de dopaje. Sólo porque tengo tatuajes.

Tras la prueba de drogas me envían a esperar que la psicóloga me reciba. Son las ocho de la mañana, la falta de nicotina me mata, aunque ha pasado sólo un día desde la última vez que fumé. Hacía años que no pasaba un día sin fumar. Además, el hambre. El hambre que se acentúa tras la extracción de sangre y las tres inyecciones. Incluso me siento un poco mareado. Y, sin embargo, la psicóloga me hace esperar tres horas antes de recibirme. Tres horas durante las que formo parte de la única fila que en vez de avanzar, retrocede de tanto en tanto. Cuando al fin es mi turno de entrar, me recibe una mujer de no más de 30 años.

¿Está usted afiliado a alguna pandilla?, me pregunta la psicóloga. Por dentro, carcajadas temerarias. Por mi mente desfilan varios rostros, todos ellos cagados de miedo, todos gritando que no, que no tienen dinero. Pasa por mi cabeza el reconfortante peso de una navaja de mariposa, el frío sentimiento de confianza que sólo una navaja que descansa en la bolsa derecha del pantalón puede darme. El frío, asqueroso y excitante olor férrico de la sangre también atraviesa mis recuerdos. No, señorita; estos tres puntos en mi mano izquierda simbolizan equilibrio, no Mi Vida Loca; jamás estuve afiliado a pandilla alguna, jamás. Risa interna, una sonrisa más que leve, súper leve, apenas un esbozo, en mi jetota hipócrita. Jamás estuve afiliado a ninguna pandilla, le digo a esa psicóloga con cara de haber egresado de alguna universidad de la Ivy League. Aunque la tinta mienta, ¿qué sabrán de las madrugadas aquellos para quienes las madrugadas de rebeldía consisten en gastar el dinero de papá y mamá? Jajaja. La entrevista dura no más de cinco minutos.

Salimos de la clínica en busca de un restaurante y mi padre propone buscar algo en un centro comercial. Entramos a un restaurante que sirve hamburguesas, todos pedimos hamburguesas y todos la devoramos, incluso mi hermana, que atraviesa por esa etapa de soy una gorda y no quiero comer nada. Luego recorremos el centro comercial. Me sorprende que la mayoría de los locales busque personal, incluso cuando ya hay dos o tres personas trabajando ahí. Y entonces recuerdo haber leído, en algún lugar, que Ciudad Juárez es una de las pocas ciudades del país que aún produce fuentes laborales, una de las pocas que aún muestra signos de crecimiento real. Y no es de sorprender, pues con la cantidad de fábricas y tránsito de migrantes que tiene, necesita carne que alimente su maquinaria. Una mirada a un puesto de periódicos lo confirma. Todos los titulares hablan de muertos, de investigaciones policiales o de inauguraciones de industrias a las que asistió el alcalde con su bellísima esposa. Todos en español e inglés. Compramos un par de periódicos, un par de libros, medio kilo de café y regresamos al hotel, dispuestos a no hacer nada hasta el día siguiente, cuando las diligencias burocráticas continúen.

La tarde pasa más o menos igual que la anterior. Televisión, café, lecturas, café. Un juego de dominó y a dormir.

Para leer la segunda parte de la crónica, dale click a este enlace.

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