Vigas y no cimientos: reformas para el no-cambio


Enrique es propietario de una casa ubicada cerca del Bosque de Chapultepec cuyas vigas parecen doblarse constantemente y amenazan con hacer caer toda la estructura; para solucionarlo, don Enrique contrata a dos arquitectos para que le propongan una solución: el primero le sugiere que refuerce las vigas defectuosas con columnas que habrá que poner cada seis meses debajo de ellas, columnas que debían venir de vigas que se ubicaran en partes macizas de la casa; el segundo, por su parte, le dice que el problema son los cimientos y que habría que escarbar para sanearlos, reforzarlos y que después de dos años tendría una casa sin problemas por mucho tiempo.  Ya que a don Enrique no tenía realmente un interés en la casa ya que planeaba mudarse en cuatro o cinco años, optó por la primera opción.

Don Enrique podría tener como apellidos “Peña Nieto”, pues las reformas que se emprendieron en 2013 bajo su régimen no son más que placebos coyunturales para un país que requiere de una transformación real. No se equivoque, esta transformación vendrá muy difícilmente de cualquier otro partido o facción política ya sea del PAN, PRD,  Morena, etcétera, a no ser que admitan que los principales problemas de México son más profundos que ello y, por lo tanto, más dolorosos de extraer: la corrupción y los incentivos perversos del sistema económico y político.

Ni la reforma energética, ni la fiscal y aún menos la educativa dan en el clavo de este problema, pero hay que tomar en cuenta que parece difícil que los partidos que hoy se alimentan de ese sistema político corrupto y de amiguísimos propongan cambios que conllevarían un peligro para el status quo del que dependen. Romper con este orden requiere reformas que incrementen la movilidad social, léase que quien quiera y tenga los méritos pueda escalar en la pirámide social y acceda a un buen trabajo o incluso a puestos de representación y administración pública además de fomentar la competencia y la innovación en la economía para dar paso a la destrucción creativa; esto es, que las empresas que no agreguen valor o aporten el esperado por el consumidor den paso a las que sí.[1]

El problema no es que México sea poco productivo; de hecho, es tan productivo que en pocos años generó al hombre más rico del mundo y del 2000 al 2010, la fortuna de los mexicanos en Forbes se cuadruplicó, pasando a representar el 12.4 por ciento [2] del PIB nacional cuando en 2000 era sólo del 4.2 por ciento;  además, en los últimos 15 años, ocho han registrado un crecimiento cercano o mayor al tan buscado 4 por ciento de Peña Nieto. [3] México sufre de un sistema que necesita verdaderas reformas estructurales y ante el fallo total por llevarlas a cabo, ante la cohesión de los partidos en un pacto que sólo buscó favorecer intereses de cuya bondad me permito dudar –sólo veo nuevas formas para acaparar la riqueza en pocas manos– al tiempo que daba placebos políticos a la población me pregunto ¿Cómo podremos, entonces, llevar a cabo estas reformas? ¿Serán si quiera posibles? La respuesta es totalmente suya, mi estimado lector.


[1] En este caso, viviríamos con un Telcel que no nos haría sufrir tanto con recibos o quizás, incluso, sin Telcel y con una compañía más eficiente.

[3] Cabe señalar que estos incluyen los comportamientos erráticos posteriores a las crisis del 95 y 2008, donde México creció 5.87% (1996) y 5.07% (2009).

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