Tiempos agitados en una democracia con muletas


Ahora bien, deseo discutir con usted
precisamente el momento en que de
alguna manera la distancia se anuló
para convertirse en distancia de sí a sí.
Dany-Robert Dufour. Locura y Democracia.

Pensar con café o un café que hace pensar. Esto es un ejemplo simple de lo que Dufour [1] define de manera casi didáctica como forma unaria en la obra Locura y democracia. Pero no estamos ante una reseña bibliográfica. Si se tratara de reseñas estas palabras valdrían más en una revista Cosmopolitan. El objetivo es en cambio más simple -hacer una reseña aún en una revista Cosmopolitan no es cosa fácil- : tomar como guía de pensamiento un concepto aplicado de manera tal a un andamiaje monstruoso que se ha construido a lo largo de los años. Se trata del concepto de la Forma Unaria e intentar empalmarlo con las palabrerías suscitadas en nuestros tiempos de agitación política y sus distintas formas.

Es muy simple. Pensar con café o un café que hace pensar no constituye
más que una auto referencia. Una figura del lenguaje que remite a sí misma en un círculo (muy vicioso) del cual no se puede escapar. Es como esa antigua definición bíblica del génesis, descrita en ese intenso pasaje donde Moisés muy hábil y sospechosamente pregunta a esa Voz (con mayúsculas): ¿quién eres? Y ¿qué contesta la Voz? “Yo soy el que soy”. Es claro. Forma Unaria. Cualquier forma discursiva que regrese en autorreferencia sobre sí misma. ¡Pero que curioso! Un pleonasmo. Autorreferencia sobre sí misma. Es que la forma unaria aparece como un hecho de discurso. Se trata entonces de una figura que lógicamente se representa como A se define por A. Es por ello que la forma discursiva contraria por esencia a la forma unaria es la poesía. Tenemos entonces la forma metódica.

Pero las formas políticas en la historia de la humanidad, hasta antes de la
aparición de la demagogia en masa, habían estado definidas por un fenómeno caracterizado por justamente lo contrario: A se define por B. El humano es víctima del capricho de los Dioses. El fiel es producto de su disciplina religiosa. El hombre libre es fruto del correcto uso de su razón. Y formas parecidas a lo largo de la historia. Pero pensemos un poco en estos tiempos agitados, tiempos de decisiones políticas y llamados colectivos.

Exigir a un discurso político que no nos cuente palabrillas en forma unaria
significa pedir cordura. Por ejemplo: “Vamos a combatir la censura social con una mayor libertad de expresión en todos los medios informativos”. Es necesario localizar estos procesos discursivos en las campañas en boga, pues se caracterizan por esto. Salvo una excepción.

Se trata entonces de una forma discursiva que vuelve sobre sí, haciendo
uso de una seudo idea (libertad de expresión) que no adquiere ningún sentido si no está remitida a otra instancia que la resignifique y le otorgue un estatuto. Bien se le podría preguntar al político: ¿para qué sirve la libertad de expresión? ¿con qué la relaciona usted? ¿tiene esta idea un fundamento de más largo alcance o se trata simplemente de una idea cliché que aparece volviendo sobre sí para combatir el temor de todos, la censura social?

Otro ejemplo. En su reciente Manifiesto por una presidencia democrática,
que de manifiesto no tiene nada, puesto que parece más un recetario de cocina económica, pero muy económica, Enrique Peña Nieto sintetiza de manera supuestamente clara la forma en que hará frente a la discriminación, menciona: “No discriminación. Me propongo utilizar el poder presidencial como una herramienta para acabar con la discriminación en México”. ¿Qué significa exactamente esto? ¿Acaso hay poder que no sea discriminativo? M. Foucault, pensador y filósofo del poder, nos advierte todo el tiempo que un rasgo primario de cualquier forma de poder es justamente que requiere discriminar (segmentar, particularizar, dividir e incluso clasificar, como es el caso de las ciencias humanas) para ejercer su acción como forma discursiva fundamental. No hay poder sin discriminación. Es decir: acabar la discriminación con la utilización de la discriminación (en su forma esencial como forma de poder) no es más que un uso de una lógica sin referencias externas que vuelve sobre sí hacia el infinito, no solo de la franca estupidez, sino de la locura.

No hay duda. Nuestra generación vive un momento de crisis. Pensemos en
los vivientes mexicanos que van de los 18 a los 35 años, por señalar un campo determinado que no necesariamente lo fragmenta, puesto que esto se puede ampliar mucho más. Se trata de una generación que hemos crecido en la falta de fundamento. Una generación de amplia apatía política. Que en el fondo de sus referencias subjetivas encuentra un vacío en espiral. Pero haciendo de lado la culpa y la opinión tanto moral como cívica del buen ciudadano, pensemos en esto como un síntoma, una consecuencia. La pregunta constante: ¿es posible creer actualmente en un político? La respuesta es la nausea amarga, comprensible y determinante. Es el diagnóstico político de una generación atrapada en las formas unarias. De discursos vacíos, de palabras atropelladas, de lapsus lingüísticos que denotan siempre la verdad, de estandartes sin escrúpulos.

Si hay descontento es por que la generación de políticos que nos antecede ha fallado en lo fundamental: ofrecer una Idea capaz de funcionar como una referencia que de sentido al vacío. ¿Hay actualmente una opción política que muestre esa tercera referencia, que aunque discutible, provoque precisamente la discusión? En la forma unaria no hay discusión.

Los políticos con opciones provocan y promueven el cosquilleo de las preguntas, de las charlas en un café, pero de un café que remita a lo que sigue, a la opinión. Poner muletas a una realidad democrática es exigir un discurso político que se sostenga con una referencia más allá de sí mismo para que esto no se desplome. Para que los ciudadanos, si es que unente así aún existe, caminen hacia un lugar, con muletas claro está, pero que la Utopía tenga esa función que Eduardo Galeano le ha concedido: la función de seguir caminando.

[1] Dufour. D.R. Locura y democracia. Ensayo sobre la forma unaria. Fondo de Cultura Económica.
México. 2002.

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5 comentarios el “Tiempos agitados en una democracia con muletas

  1. JOSH dice:

    Los discursos presidenciales seran ahora emitidos por una pantalla que va de las 14 a las 15 pulgadas, creo que mas que muletas nuestra democracia necesitara un tripie

  2. Carlos Simrhy dice:

    Te agradezco Beto el compartir las ideas para que no queden encasilladas en un sólo lugar, dando vertices y encontrar su forma.

    Es clara tu preocupación por una democracia que se vuelve cada vez un discurso vacío, sin aliento al porvenir. Un discurso masifícado en el cual creémos encontrar la verdad. Pero ese discurso se pierde en los oyentes,y se vuelve lo que quiere oír. Porque el que habla es aquel que tiene la voluntad -más que voluntad, el querer ejercer una idea hegémonica-. Y no es voluntad investida de deidad. Pero, creo que es esa forma unitaria a la que no encontramos espacios de errores y seguir caminando por el mismo sendero.

    Las palabras, los discursos, al ser comprendidos y reflexionados te transporta a un nivel de conciencia. ¿Cómo aterrizar ese nivel de conciencia en muchos mexicanos que sólo escuchan lo que quieren oir?

    Hace falta más que palabras, pero esto es un comienzo hacia ello…

    • Beto Rojas dice:

      Carlos, gracias por comentar. Es interesante la idea de que pareciera una “voluntad” investida de deidad. Es como si el discurso democrático posmoderno apuntara justamente a una especie de sustitución de ese lugar que ocupaba como referente el de por sí ya pisoteado Dios cristiano. Aunque, en la forma democrática gringa, en EU, el discurso democrático la mayoría de las ocasiones concluye con un “Dios bendiga América”. Es interesante: ¿de qué Dios se trata este que “acompaña” al discurso democrático en EU? En nuestro país ¿el discurso democrático “totalitario” es una forma de discurso divino? Ya no es: todo sea por la ciencia, como hasta algunas décadas. La forma: todo sea por la democracia es el viejo adagio “el fin justifica los medios”. Y si a esto le sumas lo que llamamos “discurso vacío” (o forma unaria siguiendo a Dufour y el texto) pues la cosa se pone problemática. Saludos Carlos. Estamos en contacto.

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