Rarámuris y memorias culturales


“La categoría indio designa al sector colonizado y hace referencia necesaria a la relación colonial”   Guillermo Bonfil Batalla

En los últimos días muchas palabras se han escrito sobre los problemas que enfrentan los rarámuris allá en Chihuahua, distintas voces se han alzado denunciando la problemática, aclarando el asunto o aprovechándola como pretexto político electoral; aunque dichas palabras no retoman la causa de los efectos que quieren denunciar, porque dicho sea de paso el problema no se reduce a la sequía, hambruna y muerte en la sierra;  el problema tiene que ver con la destrucción y devastación centenaria, en este caso de los rarámuris, pero que se puede constatar en cualquier comunidad indígena del continente.

Por lo anterior, la intención de este texto es que no se agote en el acomodo de las denuncias expresadas en distintos medios de comunicación respecto de la situación coyuntural enla Sierra Tarahumara; dicho motivo, creo yo, queda implícito en la descripción de las causas, por lo que las energías se enfocarán en el examen de la marginación de los rarámuris como expresión de una falta de diálogo intercultural y de una estrategia de exterminio que lleva ya más de 500 años y que en última instancia corresponde a la fuente de los problemas no sólo de esta etnia, como se mencionaba anteriormente, sino de cualquier pueblo cuya cultura no comulgue en general con la visión occidental de civilización y en particular a la idea de progreso, lo que provoca los estragos del olvido y la destrucción de sus formas de vida.

“La vida en la sierra no es fácil” me comentaba alguna vez un Mara`akame wirrarika. Seguramente la vida en la sierra del norte del país iguala o supera la dificultad de vivir en la sierra de Jalisco,  en cualquiera de los casos, estamos hablando de condiciones  adversas en todos los aspectos del desarrollo de la vida.

Un punto histórico que vale la pena recordar y que de alguna manera es el inicio del exterminio de los pueblos originarios es su expulsión a las zonas serranas de más difícil acceso; esto como una forma de huir del yugo español y que los gobiernos a lo largo de nuestra historia han marcado como condición de aislamiento y olvido.  Ésta diferencia con respecto de la cultura mestiza/occidental se manifiesta a nivel lingüístico por los rarámuris con la palabra chabochi, usada para designar al hombre blanco, ese que roba, miente, acumula, despoja y por supuesto no comparte la visión y los valores sagrados para los rarámuris (http://www.explorandomexico.com.mx/about-mexico/5/317/)

Podemos esbozar un rompimiento, una falta de diálogo entre dos culturas, uno donde una cultura (la occidental) se ha entendido como la única forma de vida humana y que en este caso los rarámuris identifican como una cultura destructora.

El problema se comienza a acentuar cuando la vida en la sierra llega a ser imposible, las familias tienen que dejar sus viviendas y su vida dentro de sus pueblos  para buscar mejorar sus condiciones de vida en los llamados centros de “progreso”, mejor conocidos como ciudades. Se calcula que a la ciudad de Chihuahua han llegado entre 15 mil y 20 mil rarámuris, quienes al enfrentarse a esta realidad urbana, comienzan a perder su memoria histórica, desarrollan su vida dentro de los desolados cinturones de miseria que rodean a Chihuahua como a cualquier ciudad del país. En dichos cinturones  se agravan los problemas debido a que muchos jóvenes caen en el alcoholismo y en el consumo de solventes industriales o las jóvenes raramuris se inician en la prostitución (http://www.jornada.unam.mx/2012/01/23/politica/002n1pol), situación que a todas luces representa un fracaso en todos los ámbitos. Donde la promesa de redención y progreso que enarbola el bienestar urbano, queda sólo como eso, una promesa lejana con repercusiones culturales muy cercanas, que aumentan el riesgo de pérdida de  las memorias culturales de este milenario pueblo.

La crisis urbana se acrecienta con las constantes violaciones a los derechos humanos que sufren los rarámuris y la mayoría de los indígenas que entran en contacto con la cultura dominante. Queda patente cómo los derechos humanos muchas veces corresponden a meras abstracciones que no tienen nada que ver con las condiciones concretas de personas a quienes siempre sus derechos sonarán como palabras vacías, porque desde el momento en que no se da un diálogo con sus expresiones culturales en el más amplio de los términos, no es posible seguir hablando de un respeto a sus derechos humanos.

Los indios, como apunta la frase preliminar de Bonfil Batalla, corresponden a una categoría de seres colonizados a los que hay que dominar o en el mejor de los casos reivindicar sus famosos derechos, aunque en ambas posiciones no haya un reconocimiento de la diferencia y particularidades que tienen éstos como pueblos originarios.

Quien mejor para ejemplificar los oídos sordos a las diferencias indígenas que el gobierno, tenemos la historia plagada de ejemplos, desde las campañas para mejorar la raza, hasta exterminios de poblaciones enteras, pero tomemos un ejemplo más actual y que esta directamente relacionado con la sierra Tarahumara: el anuncio del presidente Calderón de la bacarización del programa Oportunidades.

Dicho anuncio fue hecho en el municipio serrano de Batopilas, donde frente a los indígenas rarámuris expresó: “La gente pobre cuando necesita un préstamo va al banco, a la caja popular, y le dicen: ‘¿tú quién eres?, tú no eres nadie, no tienes ni cuenta en mi banco, no tienes cuenta en el sistema”. Continuó su mensaje afirmando que “todo eso va haciendo, también, diferencias entre los que tienen dinero y los que no tienen, lo que se llama el acceso a los bancos.” (http://www.jornada.unam.mx/2011/12/01/economia/031n1eco)

No estamos criticando las buenas intenciones del presidente, lo que se critica es su sordera y su falta de análisis profundo, valga la redundancia, de lo que es el México profundo, para él la solución comienza integrando a los indígenas al podrido sistema bancario capitalista, una reminiscencia del discurso integracionista del indigenismo del siglo 20 en nuestro país, lo que se crítica es que el mensaje del presidente acepte implícitamente que los indígenas son parte de los nadie y que busque cambiar esa condición no desde una posición abierta a otras visiones del mundo, sino que se les quiera convertir en alguien por medio de los bancos, para quienes paradójicamente la categoría de los nadie aplica incluso para sus mismos usuarios.

Las condiciones indignas actuales de los rarámuris y en general de los pueblos originarios, dan cuenta de un olvido y de una miseria que aumenta cada vez más, resultado de una explotación y una falta de verdadero diálogo y reconocimiento de las formas de vida alternas a este nuestro capitalismo salvaje. Tal vez en este punto es donde recae el olvido, puesto que el rescate de dichas memorias históricas lleva implícita una crítica a nuestro modelo civilizatorio, a nuestra concepción del mundo y por el otro lado si su exterminio llega a tener resultado podríamos perder a nivel cultural y civilizatorio otras formas de relacionarnos con nosotros y con el mundo. La lucha contra el olvido y por el rescate de las memorias culturales debe entenderse como una lucha radical porque dan cuenta de la necesidad de un cambio en nuestras formas de humanidad, radical porque nuestra crisis necesita de este tipo de medidas.

La preocupación por la situación hoy en boga de los rarámuris debe pasar a un plano más serio, uno que implique nociones de progreso múltiples y no unidimensionales como las que se plantean desde la civilización occidental, civilización que cada día se desmorona por la crisis que enfrentamos en todos los aspectos.

No se trata de convertirnos todos a las formas de vida indígenas, ni de reivindicar un pasado para traerlo al presente, se trata de reconocer nuestra condición actual de crisis, nuestro olvido e indiferencia de esos pueblos y poder de alguna manera entablar un diálogo de recuperación de elementos de la cosmovisión rarámuri, wirrarika, o de cualquier otro pueblo que nos ayuden a alcanzar un verdadero progreso para todas las culturas de nuestro México.

Los problemas de los pueblos originarios son muy profundos, con repercusiones culturales que necesitamos seguir pensando, estás palabras constituyen un pequeño ápice de tan importante asunto, mismo que debe ser atendido a la brevedad posible.

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