Ser femenino: entre la falacia naturalista y la construcción ontológica


El presente texto tiene como objetivo comparar y contrastar dos visiones acerca del ser femenino; aspecto ontológico que desde el punto de vista patriarcal es inalterable debido a que su conformación y en general todo lo que debe ser una mujer es algo ya dado por la naturaleza y no conformado de acuerdo a un orden social imperante (Sáenz, 2010).

Para lograr dicho objetivo propongo analizar el filme ¡Que viva México! del director soviético Sergei Eisenstein, sobre todo el primer capítulo titulado Sandunga[1], que es donde se presenta una visión distinta del supuesto ser inamovible de la mujer. Esta forma de ver a la mujer no es una forma común o que de alguna manera logré generar un  eco en las distintas culturas mexicanas, al contrario, como lo muestra la Dra. A. Sáenz (2010) en su conferencia, el papel de la mujer, la forma en como es concebida , inclusive por las distintas generaciones de intelectuales, quienes dudaban de las capacidades femeninas, da muestra de cómo la visión patriarcal se impone, además de presentarse como la única posibilidad de pensar a las mujeres, al menos en los albores del siglo XX en nuestro país.

Comenzaremos con el segundo aspecto mencionado en el párrafo anterior, preguntando ¿qué idea tenían de las mujeres los miembros del Ateneo de la Juventud? Para empezar ninguna mujer perteneció a este grupo de intelectuales debido a dos razones, la primera que tenía que ver con que no era “natural” en la mujer adentrarse en los ámbitos de la racionalidad masculina y porque no era “normal” que las mujeres asistieran a la escuela (Sáenz, 2010), aún con todo existieron Las mujeres del Ateneo, grupo que careció de difusión, al contrario de su par masculino (Castellanos, 2005, citado por Sáenz, 2010).

Con la generación de 1915, conformada por algunos intelectuales del Ateneo y varios de sus alumnos, la situación del ser femenino cambio de manera significativa, la mujer junto con el indio, seguían siendo significados dentro de las categorías estereotipadas e inalterables del pensamiento masculino; en el caso particular de la mujer, ésta se miraba como un ser irracional, incapaz de sumarse al proyecto intelectual de una nueva nación, situación que se hacia visible con el rechazo que tuvieron las escritoras de esa generación (Sáenz, 2010), rechazo que se justificaba porque las mujeres hacían mala literatura ya que no era una habilidad ontologicamente propia.

A pesar de la dificultad anterior, existieron mujeres que debido a su posición social podían acceder a la escritura, el problema estaba en que su desarrollo literario no ambicionaba el empoderamiento femenino, sino que la mayoría de las veces reproducía el discurso patriarcal[2] (Sáenz, 2010) reduciendo de nuevo su ser y cayendo en una aporía, ya que de esa manera justificaban su condición supuestamente “natural”.

Aún con todo a la escritura femenina le fue negada su existencia, su carácter como verdadera literatura, aunque en realidad con el avanzar del siglo la escritura femenina se fue consolidando hasta tener textos que reconstruían la lucha armada pero desde la visión de las mujeres, aspecto importante porque se comienza a construir una visión femenina autónoma del pensamiento masculino. Como ejemplo tenemos los textos de Carmen Báez y Nellie Campobello (Sáenz, 2010), el aporte que nos dan dichos textos al construirse desde la mirada femenina, es que son pruebas de la movilidad del supuesto inamovible del ser femenino.

Con base a lo anterior tenemos el ejemplo del matriarcado en el istmo de Tehuantepec, mismo que es presentado por Einenstein, donde es posible observar como otra cultura, en este caso la de los pueblo originarios de esa región de nuestro país, mantiene una concepción diferente de lo que es la mujer (Eisenstein, 1932), misma que ocupa un lugar principal a diferencia de la mirada de sumisión donde se encasilla a las mujeres desde la cultura occidental.

La mujer puede tener un rol importante en los ámbitos que se consideraban propios de los hombres, si bien la película toca el tema del trabajo y la decisión del matrimonio no se vería forzado trasladarlo al ámbito literario, solo por poner un ejemplo. Dicha importancia femenina queda contrastada con la situación de Sebastián y María en el capítulo Maguey, sección que representa la situación de un campesino y su futura esposa; esta historia me llama la atención porque a diferencia de Sandunga, aquí la mujer es entendida como un objeto sexual por parte de los hacendados (Eisenstein, 1932), como un objeto que puede ser poseído ya que para su función más natural esta  relacionada con el sexo; aspecto que retoma también Campobello en sus textos sobre la lucha armada revolucionaria (Sáenz, 2010).

Teniendo ya una visión panorámica de las dos formas de entender el ser femenino se concluye que el carácter ontológico de las mujeres al igual que el de los seres humanos en general no constituye un ser en sí en términos de Sarte, sino que somos un ser para sí, un ser en construcción, inacabados y que dentro de ese proceso de formación influyen de manera contundente las categorías imperantes dentro de una sociedad particular que marcan el camino que deben seguir seres masculinos y femeninos.

Notas

[1] El nombre Sandunga proviene de una canción popularizada durante el siglo XIX en el istmo de Tehuantepec

[2] Cfr. Anónimas. (2000). Escritoras potosinas del porfiriato. San Luis Potosí: El Colegio de San Luis. Textos de mujeres que ejemplifican muy bien esa dificultad de romper con los roles tradicionales del poder masculino

Fuentes

Anónimas. (2000). Escritoras potosinas del porfiriato. San Luis Potosí: El Colegio de San Luis.

Eisenstein, S. M. (Director). (1932). ¡Que viva México! [Motion Picture].

Sáenz, A. (2010). De la Revolución a la Generación de medio siglo: Influencia re- significada. La escritura femenina a debate . (p. 38). Morelia: CONACULTA/UMSNH .


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